CAPÍTULO XIX VII
CAPÍTULO XIX VII
Cuanto he escrito hasta aquí no puede decirnos si la humanidad puede resolver los problemas a los que se enfrenta al final del milenio, ni tampoco cómo puede hacerlo. Pero quizás nos ayude a comprender en qué consisten estos problemas y qué condiciones deben darse para solucionarlos, aunque no en qué medida estas condiciones se dan ya o están en vías de darse. Puede decirnos también cuán poco sabemos, y qué pobre ha sido la capacidad de comprensión de los hombres y las mujeres que tomaron las principales decisiones públicas del siglo, y cuán escasa ha sido su capacidad de anticipar —y aún menos de prever— lo que iba a suceder, especialmente en la segunda mitad del siglo. Por último, quizá este texto confirme lo que muchas personas han sospechado siempre: que la historia —entre otras muchas y más importantes cosas— es el registro de los crímenes y de las locuras de la humanidad. Pero no ayuda a hacer profecías.
Sería, por tanto, un despropósito terminar este libro con predicciones sobre qué aspecto tendrá un paisaje que ahora ha quedado irreconocible con los movimientos tectónicos que se han producido en el siglo XX corto, y que quedará más irreconocible aún con los que se están produciendo actualmente. Tenemos ahora menos razones para sentirnos esperanzados por el futuro que a mediados de los ochenta, cuando este autor terminaba su trilogía sobre la historia del siglo XIX largo (1789-1914) con estas palabras:
Los indicios de que el mundo del siglo XXI será mejor no son desdeñables. Si el mundo consigue no destruirse con, por ejemplo, una guerra nuclear, las probabilidades de ello son bastante elevadas.
Sin embargo, ni siquiera un historiador cuya edad le impide esperar que en lo que queda de vida se produzcan grandes cambios a mejor puede, razonablemente, negar la posibilidad de que dentro de un cuarto de siglo, o de medio siglo, la situación sea más prometedora. En cualquier caso, es muy probable que la fase actual de interrupción de la guerra fría sea temporal, aun cuando parezca ser más larga que las épocas de crisis y desorganización que siguieron a las dos grandes guerras mundiales “calientes”. Pero debemos tener en cuenta que esperanzas o temores no son predicciones. Sabemos que, más allá de la opaca nube de nuestra ignorancia y de la incertidumbre de los resultados, las fuerzas históricas que han configurado el siglo siguen actuando. Vivimos en un mundo cautivo, desarraigado y transformado por el colosal proceso económico y técnico-científico del desarrollo del capitalismo que ha dominado los dos o tres siglos precedentes. Sabemos, o cuando menos resulta razonable suponer, que este proceso no se prolongará ad infinitum. El futuro no sólo no puede ser una prolongación del pasado, sino que hay síntomas externos e internos de que hemos alcanzado un punto de crisis histórica. Las fuerzas generadas por la economía técnico-científica son lo bastante poderosas como para destruir el medio ambiente, esto es, el fundamento material de la vida humana. Las propias estructuras de las sociedades humanas, incluyendo algunos de los fundamentos sociales de la economía capitalista, están en situación de ser destruidas por la erosión de nuestra herencia del pasado. Nuestro mundo corre riesgo a la vez de explosión y de implosión, y debe cambiar.
No sabemos a dónde vamos, sino tan sólo que la historia nos ha llevado hasta este punto y —si los lectores comparten el planteamiento de este libro— por qué. Sin embargo, una cosa está clara: si la humanidad ha de tener un futuro, no será prolongando el pasado o el presente. Si intentamos construir el tercer milenio sobre estas bases, fracasaremos. Y el precio del fracaso, esto es, la alternativa a una sociedad transformada, es la oscuridad.
NOTAS
Capítulo XIV
1 Entre 1960 y 1975 la población de quince a veinticuatro años creció en unos veintinueve millones en las “economías desarrolladas de mercado”, pero entre 1970 y 1990 sólo aumentó en unos seis millones. El índice de desempleo de los jóvenes en la Europa de los ochenta era muy alto, excepto en la socialdemócrata Suecia y en la Alemania Occidental. Hacia 1982-1988 este índice alcanzaba un 20 por 100 en el Reino Unido, hasta más de un 40 por 100 en España y un 46 por 100 en Noruega (World Economic Survey, 1989, pp. 15-16).
2 Los verdaderos campeones, esto es, los que tienen un índice de Gini superior al 0,6, eran países mucho más pequeños, también en el continente americano. El índice de Gini mide la desigualdad en una escala que va de 0,0 —distribución igual de la renta— hasta un máximo de desigualdad de 1,0. En 1967-1985 el coeficiente para Honduras era del 0,62; para Jamaica, del 0,66 (Human Development, 1990, pp. 158-159).
3 No hay datos comparables en relación con algunos de los países menos igualitarios, pero es seguro que la lista debería incluir también algún otro estado africano y latinoamericano y, en Asia, Turquía y Nepal.
4 En 1972, 13 de estos estados distribuyeron una media del 48 por 100 de los gastos del gobierno central en vivienda, seguridad social, bienestar y salud. En 1990 la media fue del 51 por 100. Los estados en cuestión son: Australia y Nueva Zelanda, Estados Unidos y Canadá, Austria, Bélgica, Gran Bretaña, Dinamarca, Finlandia, Alemania (Federal), Italia, Países Bajos, Noruega y Suecia (calculado a partir de UN World Development, 1992, cuadro 11).
5 El premio fue instaurado en 1969, y antes de 1974 fue concedido a personajes significativamente no asociados con la economía del laissez-faire.
6 Esto quedó confirmado a principios de los noventa, cuando los servicios de transfusión de sangre de algunos países —pero no los del Reino Unido— descubrieron que algunos pacientes habían resultado infectados por el virus de la inmunodeficiencia adquirida (SIDA), mediante transfusiones realizadas con sangre obtenida por vías comerciales.
7 En los años ochenta el 20 por 100 más rico de la población poseía 4,3 veces el total de renta del 20 por 100 más pobre, una proporción inferior a la de cualquier otro país (capitalista) industrial, incluyendo Suecia. El promedio en los ocho países más industrializados de la Comunidad Europea era 6; en los Estados Unidos, 8,9 (Kidron y Segal, 1991, pp. 36-37). Dicho en otros términos: en 1990 en los Estados Unidos había noventa y tres multimillonarios —en dólares—; en la Comunidad Europea, cincuenta y nueve, sin contar los treinta y tres domiciliados en Suiza y Liechtenstein. En Japón había nueve (ibid.).
8 China, Corea del Sur, India, México, Venezuela, Brasil y Argentina (Piel, 1992, pp. 286-289).
9 Los emigrantes negros que llegan a los Estados Unidos procedentes del Caribe y de la América hispana se comportan, esencialmente, como otras comunidades emigrantes, y no aceptan ser excluidos en la misma medida del mercado de trabajo.
10 “Esto es especialmente cierto… para alguno de los millones de personas de mediana edad que encontraron un trabajo por el cual tuvieron que trasladarse de residencia. Cambiaron de lugar y, si perdían el trabajo, no encontraban a nadie que pudiese ayudarlos”.
11 Recuerdo la angustiosa intervención de un búlgaro en un coloquio internacional celebrado en 1993: “¿Qué quieren que hagamos? Hemos perdido nuestros mercados en los antiguos países socialistas. La Comunidad Europea no quiere absorber nuestras exportaciones. Como miembros leales de las Naciones Unidas ahora ni siquiera podemos vender a Serbia, a causa del bloqueo bosnio. ¿A dónde vamos a ir?”
12 En 1990 se consideraba que en Nueva York, uno de los dos mayores centros musicales del mundo, el público de los conciertos se circunscribía a veinte o treinta mil personas, en una población total de diez millones.
13 El otro país que atrajo inversiones, para sorpresa de muchos, fue Egipto.
14 La categoría de “naciones menos desarrolladas” es una categoría establecida por las Naciones Unidas. La mayoría de ellas tiene menos de 300 dólares por año y PIB per cápita. El “PIB real per cápita” es una manera de expresar esta cifra en términos de qué puede comprarse localmente, en lugar de expresarlo simplemente en términos de tipos de cambio oficial, según una escala de “paridades internacionales de poder adquisitivo”.
15 En esto divergían de los estados de los Estados Unidos que, desde el final de la guerra civil norteamericana en 1865, no tuvieron el derecho a la secesión, excepto, quizá, Texas.
16 El miembro más pobre de la Unión Europea, Portugal, tenía en 1990 un PIB de un tercio del promedio de la Comunidad.
17 Como máximo, las comunidades inmigrantes locales podían desarrollar el que se ha denominado “nacionalismo a larga distancia” en favor de sus patrias originarias o elegidas, representando casi siempre las actitudes extremas de la política nacionalista en aquellos países. Los irlandeses y los judíos norteamericanos fueron los pioneros en este campo, pero las diásporas globales creadas por la migración multiplicaron tales organizaciones; por ejemplo, entre los sijs emigrados de la India. El nacionalismo a larga distancia volvió por sus fueros con el derrumbamiento del mundo socialista.
18 He oído este tipo de conversaciones en unos grandes almacenes neoyorquinos. Es muy probable que los padres o abuelos inmigrantes de estas personas no hablasen italiano, sino napolitano, siciliano o calabrés.
Capítulo XIX
1 Podría tal vez sugerirse una correlación inversa. Antes de 1938 Austria nunca destacó por su éxito económico, aunque en aquella época poseía una de las escuelas de teoría económica más prestigiosas del mundo. Sin embargo, tras la segunda guerra mundial su éxito económico fue considerable, pese a que entonces ya no disponía de ningún economista de reputación internacional. Alemania, que rehusó reconocer en sus universidades el tipo de teoría económica que se enseñaba en el mundo entero, no pareció resentirse por ello. ¿Cuántos economistas coreanos y japoneses aparecen citados regularmente en la American Economic Review? Sin embargo, el reverso de este argumento quizá sea Escandinavia, socialdemócrata, próspera y llena de economistas teóricos respetados internacionalmente desde finales del siglo XIX.
2 Entre éstos he contado a quienes se definían como pentecostalistas, miembros de la Iglesia de Dios, testigos de Jehová, adventistas del Séptimo Día, de las Asambleas de Dios, de las Iglesias de la Santidad, “renacidos” y “carismáticos”.
3 En 1949 Ivan Ilyin (1882-1954), ruso exiliado y anticomunista, predijo las consecuencias de intentar una imposible “subdivisión territorial rigurosamente étnica” de la Rusia posbolchevique. “Partiendo de los presupuestos más modestos, tendríamos una gama de “estados” separados, ninguno de los cuales tendría un ámbito territorial incontestado, ni gobierno con autoridad, ni leyes, ni tribunales, ni ejército, ni una población étnicamente definida. Una gama de etiquetas vacías. Y poco a poco, en el transcurso de las décadas siguientes, se irían formando mediante la separación o la desintegración nuevos estados. Cada uno de ellos debería librar una larga lucha con sus vecinos por su territorio y su población, en lo que acabaría siendo una interminable serie de guerras civiles dentro de Rusia” (citado en Chiesa, 1993, pp. 34 y 36-37).
4 El ejemplo de las exportaciones de algunos países industrializados del tercer mundo (Hong-Kong, Singapur, Taiwán y Corea del Sur) que siempre sale a relucir afecta a menos del 2 por 100 de la población del tercer mundo.
5 Muchos no se han dado cuenta de que todas las economías desarrolladas, excepto los Estados Unidos, enviaron una parte menor de sus exportaciones al tercer mundo en 1990 que en 1938. En 1990 los países occidentales (incluyendo los Estados Unidos) enviaron menos de una quinta parte de sus exportaciones al tercer mundo (Bairoch, 1993, cuadro 6.1, p. 75).
6 Lo cual puede observarse, de hecho, con frecuencia.
7 Así, un diplomático de Singapur argumentaba que los países en vías de desarrollo harían bien en “posponer” la democracia pero que, cuando ésta llegase, sería menos permisiva que las democracias de tipo occidental, y más autoritaria, poniendo más énfasis en el bien común que en los derechos individuales, que tendrían un solo partido dominante y, casi siempre, una burocracia centralizada y un “estado fuerte” (Mortimer, 1994, p. 11).
8 Así, Bairoch sugiere que la razón por la cual el PNB suizo per cápita cayó en los años treinta mientras que el de los suecos creció —pese a que la Gran Depresión fue mucho menos grave en Suiza— se explica por el amplio abanico de medidas socioeconómicas adoptadas por el gobierno sueco, frente a la falta de intervención de las autoridades federales suizas (Bairoch, 1993, p. 9).
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